Dormidin Studio firma con Barbarian Saga: The Beastmaster su presentación como estudio apostando por un metroidvania dibujado a mano, sin recurrir a assets genéricos ni a estéticas prefabricadas. El resultado, editado por Selecta Play y disponible en ambas Nintendo Switch, rinde homenaje al cine y los videojuegos clásicos como Conan, Golden Axe y Castlevania.
La premisa sitúa al jugador en la piel de Ren, último superviviente de los Beastmaster, un linaje capaz de absorber almas de criaturas para transformarse. Tras escapar de una arena de combate donde era forzado a luchar, el protagonista emprende un viaje que mezcla venganza personal y un conflicto mayor entre humanos y no humanos, con hechiceros, reinos enfrentados y un mundo, Arborea, fracturado por guerras.

Aunque la ambición narrativa es evidente, su ejecución cojea. Y es que se intuye una historia interesante detrás, pero la forma de contarla no muestra todo su potencial. Los diálogos tienen un vocabulario innecesariamente rebuscado y las quests secundarias carecen de un seguimiento claro, lo que exige que el propio jugador rellene huecos que el guion deja sin resolver. Hay bastante lore, pero no toda esa información resulta igual de interesante.
La estructura jugable es la de un metroidvania bastante reconocible. Exploramos un enorme mapa conectado, derrotamos enemigos, conseguimos nuevas habilidades y regresamos a zonas anteriores para descubrir caminos que antes estaban bloqueados. La diferencia está en las habilidades relacionadas con las criaturas. Ren puede adquirir poderes que representan diferentes animales y que modifican sus posibilidades de movimiento y exploración. Algunas nos permiten superar obstáculos, otras alcanzar nuevas zonas y determinadas transformaciones también tienen aplicaciones durante el combate. Sobre el papel, funciona.

El problema está en que la progresión es demasiado lenta durante determinados tramos y algunas mejoras tardan más de lo deseable en aparecer. Esto provoca que las primeras horas puedan resultar algo planas, especialmente si esperamos que cada nueva zona venga acompañada de una recompensa interesante. Tampoco ayuda la gestión de recursos. Por ejemplo, las pociones de curación escasean, son caras y no se regeneran en los puntos de descanso, lo que empuja a farmear moneda de forma sistemática en lugar de progresar con fluidez.
También el árbol de habilidades resulta algo desequilibrado: movimientos vistosos apenas aportan más daño que un combo básico, mientras que una sola habilidad defensiva termina siendo tan eficaz que resta sentido a explorar el resto del abanico de habilidades. El parry, además, se puede abusar sin penalización real, lo cual es absurdo y termina por romper el juego.

Por suerte, los jefes suben el nivel. Sus patrones son más reconocibles y aprender sus ataques para encontrar el momento adecuado para golpear resulta bastante más satisfactorio. No estamos ante algunos de los mejores jefes que ha dado el género, pero sí ante enfrentamientos que funcionan y aportan variedad a la aventura.
Donde el juego no ofrece discusión es en su apartado visual. Fondos, criaturas y animaciones respiran un trabajo manual que se agradece especialmente. La variedad de escenarios aporta una sensación de mundo vivo, aunque a veces peca de cierta falta de cohesión entre unas zonas y otras. La banda sonora, de corte orquestal, acompaña bien tanto la exploración pausada como los combates contra enemigos.
A nivel técnico, el juego en Switch puede sufrir determinados problemas de rendimiento, especialmente en algunas zonas. En Nintendo Switch 2 la situación mejora, aunque tampoco está completamente libre de tirones puntuales. No es grave, pero esperamos que un futuro parche pueda mejorar este aspecto.
En definitiva, puede que Barbarian Saga: The Beastmaster no sea un metroidvania redondo, pero respetamos el cariño que Dormidin Studio ha puesto en su creación. Su apartado artístico recupera con acierto ese espíritu de fantasía y aventura que marcó a toda una generación. Además, las transformaciones animales también aportan una idea propia a una genero demasiado explotado. Pero no podemos pasar por alto que quizás, con menos ambición y algo mas de pulido, hubiéramos tenido una obra notable.
